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La última pregunta. (Cuarta parte)

Primera parte. Segunda parte. Tercera parte. Sólo dos preguntas. La capucha que cubría la cabeza de Ismael escondía una mordaza que mantenía prisioneros a sus labios. Llevaba en esa situación tanto tiempo que no podia saber si era de día o de noche. No tenía referencia alguna sobre dónde se encontraba ni tan siquiera sabía si frente a él había alguien en ese mismo momento. Oyó cómo una puerta se abría y cómo alguien se le iba acercando. El ruido de sus zapatos rompía el atronador silencio que llevaba horas escuchando e incluso el carraspeo que hacía el desconocido mientras andaba le resultaba agradable. Dani comprobaba que todo aquello que había pedido estaba en su sitio. El preso atado, amordazado y con la capucha en la silla. Frente a él la mesa con la maleta y una segunda silla en la que poder sentarse. El torturador quería que el preso supiera que él ya había llegado. Se sentó en la silla y comenzó su discurso. -"Estoy aquí para obtener información y tú estás aquí para dármela...

La última pregunta. (Tercera parte)

Primera parte. Segunda parte. Pura rutina. Era otro curso rutinario, otro curso de esos en los que el temario era leído por un superior y en el que nadie hacía preguntas una vez terminado. Algunos soldados que se encontraban en la sala doblaban las fotocopias que habían recibido haciendo de ellas un cilindro, otros habían llenado las páginas de dibujos. Así de tediosas resultaban estas clases. El general había terminado de leer lel texto y todos asentían afirmando haber comprendido el temario. Un cuestionario con cinco preguntas fue repartido entre los alumnos por el secretario el general. Era todo una farsa, a nadie le importaba si los soldados habían aprendido algo o nada en el curso, tan sólo quería sus firmas en un impreso rosa que aseguraba que habían sido adiestrados. Una vez recogieron los cuestionarios el general se levantó de su mesa y continuó con el curso pese a que todos lo daban ya por finalizado. -"Durante estos meses os hemos enseñado a sobrevivir en estados extremo...

La última pregunta. (Segunda parte)

Primera parte. Frente a la ciento quince. Uno, uno, cinco. Estos eran los números que se mostraban en la puerta que Dani visitaba cada vez que entraba en el edificio. Frente a ella había un médico que revisaba unas notas en su cuaderno. SIn levantar la cabeza el médico miró por encima de sus gafas al visitante. Su cara no pudo ocultar un gesto de molestia que el éste percibió. -"Buenas tardes doctor" dijo Dani con una excesiva amabilidad mientras le ofrecía su mano. El médico bajó la mirada y siguió con leyendo sus notas sin soltar sus manos del cuaderno. -"Puede pasar, el paciente está ya estable para su..., ejem, para su interrogatorio". -"En realidad no voy a interrogarle, pero eso ya lo sabe ¿verdad doctor?". Dani sabía de la hostilidad del médico hacia él, por eso prefería tomar la iniciativa en el ataque mostrando sus cartas. -"Prefiero no saber lo que va a hacer con el paciente, hasta donde a mí me corresponde le he curado de sus heridas y ahor...

La última pregunta. (Primera parte)

En el ascensor. Cada vez que entraba en el ascensor a Dani le costaba recordar cuando fue la última vez que bajó de la última planta del edificio. Sólo podía recordar cuando subía a la sala ciento quince, nunca guardaba el recuerdo de cuando salía de ella y bajaba en el ascensor para volver a su casa. No era extraño en su caso, en realidad hasta lo comprendía. En esta ocasión iba acompañado de César, un joven soldado que apenas había comenzado a trabajar en esta sección. A Dani le parecía que el término "trabajar" no era apropiado para un soldado. El ejército no trabaja, porque ellos están constantemente en actividad; los soldados viven en su guerra. Notó que el inexperto cabo estaba preocupado por lo que rompió el silencio del viaje en ascensor; -"¿Es el primer prisionero que capturáis en este cuadrante?" dijo Dani con manifiesto interés. -"Si, es el primero que capturamos..., bueno, al menos el primero que todavía se mantiene con vida". -"Ya, he oi...

Bajo la cama.

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-"Los cuentos de hadas superan la realidad no porque nos digan que los dragones existen, sino porque nos dicen que pueden ser vencidos". G.K. Chesterton . David pudo sentir desde la cama de su recién estrenada habitación, los gritos de miedo de su hermano pequeño. Entró en el cuarto y vió la figura de Víctor cubierta por la manta, usando las sábanas como un escudo contra el peligro. -"¿Qué te ocurre?" le dijo a su hermano mientras se iba acercando a su cama. -"Tengo miedo, no me gusta dormir solo". -·"¿Y de qué tienes miedo?". Todavía si salir de su improvisada cueva de sábanas Víctor dijo en voz muy baja; -"De los monstruos". Apenas cinco años de diferencia les separaban, cinco años que en los adultos es un instante y en los niños toda una vida. Víctor ya no creía en los reye s magos, ni en Papá Noël , ni en que los padres eran esas personas infalibles que tienen la solución para todos los problemas. El hermano mayor esta...

Lo que nos separa.

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."Tuve que recorrer miles de kilómetros de autopistas y caminos desde Tallahassee, Florida, hasta la ciudad del motor, Detroit, para encontrar a mi verdadero amor. Si tuviera un millón de años para reflexionar jamás hubiera supuesto que la persona que estaba destinada a amar y Detroit estuviesen unidos". Patricia Arquette. Amor a quemarropa. Existe un inicio común para lo que existe, cuando estábamos unidos en un solo punto. Cuando ese punto era todo y nada a la vez y cuando ese punto explotó todo comenzó de nuevo. Nerea sabía que no era una buena idea sacudir el mantel con las migas de pan por la ventana de su casa. Hacer esto atraía a las aves que comían los restos a los pies de su caserón, pero a ella no le importaba, le gustaba saber que incluso los desperdicios de aquello que su familia había abandonado sobre la mesa, servía de alimento para otros seres. La noche era cálida y las estrellas dominaban en un cielo despejado. De aquella explosión salió todo lo que conocemos...

Las damas primero.

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-"Si yo fuera su esposa le pondría veneno en el café". -"Y, si yo fuera su marido, me lo bebería". Conversación entre Laura Ormisnton Chant y Winston Churchill. Pese al traje de marca y los zapatos italianos, que no sólo eran caros si no que además lucían como tales, Carlos era la imagen de la desesperanza bajo el toldo del hotel. Llevaba todo el día encerrado en la sala de conferencias del hotel debatiendo, junto con siete compañeros de trabajo, absurdas e interminables negociaciones. La jornada se le había hecho interminable y tan solo deseaba llegar a casa para quitarse la ropa, descalzarse y tumbarse en la bañera con el agua tan caliente como su cuerpo pudiera soportar. La ropa que su trabajo le obligaba a vestir le gustaba. Le encantaba ajustar a su cuerpo trajes caros, una parte importante de sus funciones son de cara al público y por eso cuida su imagen. Afeitarse todos los días, usar alguna que otra crema para la cara y manos, llevar un pelo recién cortado c...