sábado, 27 de noviembre de 2010

La gran noche.

-"It's such a sad old feeling
the fields are soft and green
it's memories that I'm stelaing
but you're innocent when you dream
when you dream
you're innocent when you dream".


Innocent when you dream. Tom Waits.


Se sienta a la mesa con la elegancia de una princesa, con la majestuosidad de alguien conocedor de que hoy es su día, su gran día. El mantel muestra sobre él unos sencillos cubiertos, ella los observa y puedo descubrir en sus ojos la impaciencia. Nunca cultivó esa virtud.
Lleva el pelo corto, muy corto. Sabe que me encanta ver cómo su larga melena cubre sus hombros y sonríe cuando siento en mis manos el delicado cosquilleo que me produce cuando se lo retiro de su cuello. Aun con el cabello cortado está guapa, muy guapa, tanto como un pájaro enjaulado que trina cada mañana.

Se acomoda las pulseras en sus muñecas y el tintineo que producen rompe la solemnidad del lugar. Ella sonríe y busca mi mirada, cómplice entre todas las demás, para que le devuelva una sonrisa. Ella es así, no me pide una carcajada ni un piropo resultón; ella busca una sonrisa. En una ocasión me dijo que mi sonrisa se diferenciaba de las demás porque arrugo las comisuras de los ojos cuando me río. Eso siginifica que mi sonrisa es sincera. ¿Cómo no serlo cuando la veo cada mañana es su cama?

A una de mis señales traen los platos de la cena con la solemnidad que este momento requiere, esta es su noche y todo ha de ser perfecto. Comienza a degustar su ensalada y durante ese tiempo no medio palabra con ella. Sé que lo prefiere así. Observo cómo separa el tomate del resto y lo aparta en un plato. Llena su copa de vino blanco, sólo un poco, y riega sus labios en él. Las pulseras siguen su tintineo a cada movimiento de sus brazos como un metrónomo, marcando el ritmo de sus gestos. Sólo ha comido la mitad de ella y pide que le retiren el plato. Está nerviosa, lo sé ¿y si sabe lo que estoy a punto de hacer? ¿y si me vio guardar el anillo en el bolso? No, seguro que no es eso, seguro que ella sabe que esta noche es una noche importante, mucho más de lo que puede llegar a imaginar.

Hago un gesto y retiran la comida pero pide que no se lleven el tomate de la ensalada. Ella sabe que a mi me gusta tomarlo así; un tomate solo, sin aliño, pero estoy tan nervioso que aunque quisiera no podría tomar bocado, así que para que no me vea intranquilo pido que traigan el segundo plato, pero lo pido despacio, sin aparentar nerviosismo. Hoy todo ha de salir perfecto porque hoy es una noche importante, hoy es su gran noche.

Espero a que sirvan el segundo plato y no puedo evitar el perderme en sus formas. Lleva un vestido naranja que no marca apenas su delgada figura, unos zapatos negros y, por ser esta noche, ha pedido lucir en sus orejas dos pendientes largos con cristales negros. La combinación del naranja con el negro hace que realcen más sus ojos verdes. Daría igual lo que llevara hoy, esta noche resplandecería porque es una noche importante.

Traen el segundo plato y ella, pese a recibirlo con apetito, parece mostrar cierto nerviosismo. Es como si supiera que cada vez queda menos para el final y que tras el postre la sorprenderé. Creo que sabe que voy a pedir su mano, pero ya me da igual, quiero hacerla sufrir un poco para que luego sus lágrimas de alivio se mezclen con las de alegría. Echo mano al bolsillo y palpo en él el anillo. Comienza a cortar la chuleta y degusta cada bocado, parece que el buen sabor de la carne hace que sus nervios se disipen.
Volvemos a buscar nuestras miradas cómplices y éstas se encuentran cada vez que se llaman. Ojalá esta noche no acabara, ojalá la siguiente noche fuera como esta, ojalá mañana fuera su gran noche, su noche especial.

Termina con el segundo plato dejando en él todavía restos de la carne. Como si de una niña se tratara los cubiertos esconden bajo ellos los restos de la comida haciendo ver que no ha dejado nada en el plato. En una ocasión me dijo que era una manía infantil que todavía no había podido olvidar. Cuando se llevan su plato ella respira hondo, comienza a estar cada vez más nerviosa.

Llega el postre y pido que me dejen a mí servírselo. Un poco sorprendidos por mi petición aceptan, ellos también saben que esta es su gran noche y me quieren conceder ese privilegio. Para terminar con su cena ha pedido una macedonia de frutas servida en una elegante copa de cristal grueso. Una caprichosa montaña de nata corona la mezcolanza de frutas. Aprovecho un instante para sacar el anillo de mi bolsillo y, sin que me vea, lo dejo bajo la copa, confiando que cuando la termine vea su dorado brillo por entre el cristal.

Deposito el plato en la mesa y comienza a degustar su plato favorito. Una vez me dijo que la macedonia de frutas era lo que le hacía su madre cada vez que le ponían una inyección y ella, valiente y sin miedo, no lloraba. Introduce la cuchara en la copa para mezclar la nata con la fruta y devora cada cucharada, así una tras otra hasta casi llegar al final. Mi corazón comienza a latir con tanta fuerza que cada latido hace temblar mi cuerpo como si de una corriente eléctrica se tratara. Espero que vea el anillo y que no devuelva el plato con él. Levanta la copa y la acerca a su rostro para rebañar los últimos restos y entonces lo ve. Se detiene un instante, un instante que a mí me parece un mundo, y lo recoje rápidamente con la mano. Lo guarda en el bolsillo y termina con su dulce.

Retiran el plato y sus ojos, que comienzan a enrojecer, me buscan al final de su mesa. Veo cómo su mano en el bosillo palpa el anillo. Quiero una respuesta, necesito una respuesta. Alguien la ayuda a levantarse, está muy nerviosa, esta es su noche, su gran noche. Ella se levanta y una segunda persona le indica el camino. Yo, tal y como me indica el protocolo, la sigo por el pasillo. Veo su cuello desnudo, ese cuello que antes su melena ocultaba y ahora se revela desnudo y frágil. El tintineo de su pulseras marca el camino que su cuerpecito cubierto por un vestido naranja me invita a seguir. Antes de que las puertas se cierren y me quede atrás ella se detiene. Se gira con lentitud y ellos le permiten ese capricho que el protocolo impide, al fin y al cabo esta es su noche, su gran noche. Sus ojos me buscan y a apenas un par de metros de mi me dice; -"Si".

Hubiera querido decirle que yo también, pero se aleja antes de que la pueda ver llorar. Da igual, yo la recordaré siempre guapa, mi pequeño pájaro enjaulado.


6 comentarios:

Artistalight dijo...

Lo leí de principio a fin sin perder el interés ni un momento, está muy bien escrito, se lucen los sentimientos, y sólo al final, me di cuenta de que era una despedida llena de amor. me encantó, Felicidades

Puck dijo...

Esos cruces de miradas son de lo más bonito que he leído en mucho tiempo. Saludillos

J. G. dijo...

excelente forma de exponerlo

moonlight dijo...

cada vez que leo algo tuyo estoy impaciente por llegar al final y ver si mis teorias eran ciertas... pareces un capitulo de lost, jeje

Samotracia dijo...

Lo malo de enamorarse de una princesa es el dichoso protocolo, ¡mecachis!

Javi dijo...

Artistalight; muchas gracias, me alegraste el domingo.

Puck; es que las miradas muchas veces nos llaman, el problema es que no siempre las oimos.

J.G.; bienvenido.

Moonlight; jaja, me alegra que leas con impaciencia. Aunque reconozco que igual estoy abusando un poco de ese "truco" en la narración. Y que conste que no he visto más que tres capítulos de Lost, pero ya me pareció una serie un poco tramposa.

Samotracia; siempre hay un "protocolo" que entorpece algo.