miércoles, 18 de noviembre de 2009

Me punza una bola.

Me duele tanto la cabeza que no tengo ni un solo motivo para no hacerlo. Al fin y al cabo es algo que siempre he deseado hacer. Busco la zona por la que parece más fácil penetrar, voy palpando con la mano y cuando encuentro un punto más blando que los anteriores dejo el índice de la siniestra en marcando el lugar. El taladro ya está enchufado, un peligro porque es uno de esos taladros antiguos que basta con conectarlo a la corriente para que con un simple roce en el gatillo la broca gire con peligro. En esta ocasión no hay problema ya que esa es la cuestión; que la broca gire con peligro. Siento un dolor palpitante sobre la ceja derecha, un dolor conocido que sólo puedo calmar clavando el pulgar sobre ella hasta que un chasquido recorre mi cráneo. Hacer esto duele más que el dolor que me provoca el querer hacerlo, pero me calma durante unos minutos.

Muchas veces he pensado que cuando tengo estos dolores de cabeza desearía meter mi cerebro en agua fría, acaricarlo, rasparlo y volver a meterlo en la cabeza limpio y fresco. Me duelen los ojos, me cuesta prestar atención a lo que estoy haciendo y tal vez debiera acostarme y dejarlo. No lo hago. Sujeto el taladro con la mano derecha, la izquierda sigue marcando el punto que ha de romper. Hago girar la broca un par de veces en ráfagas cortas y compruebo que el ruido de un taladro es proporcional al nivel de destrucción. Odio los ruidos, y más cuando me duele la cabeza. Es un buen signo, cuando algo me produce dolor es porque el dolor anterior va a desaparecer. Dejo la broca caer sobre el dedo que señala el punto crítico, retiro el dedo, aprieto el gatillo del taladro y el taladro comienza a taladrar.

De mi cabeza salen dos bebés sin cordón umbilical, tres amigos con cervezas tibias, un brazalete de diamantes falsos y un átomo recién dividido. Dejo todas esas cosas sobre la mesa y me llama la atención que no haya sangrado en absoluto. Sigo mareado y con dolor de cabeza, así que sigo taladrando. En la segunda tanda no sale nada vivo, sólo cosas muertas. Un gato muerto, una rana muerta, dos elefantes muertos y varios ataúdes que supongo serán para las cosas vivas que quedan dentro y que llevan su nombre en ellos. Ya no tengo dolor y aunque no siento ese frescor que desearía en el cerebro, al menos no siento esas naúseas que sufría antes. Intento colocar todo lo que he sacado en el trastero, pero los elefantes muertos no caben, y uno de ellos comienza a resucitar. Los echo a la calle. El resto de las cosas las guardo en un cajón.

Ojalá hubiera hecho esto antes, en realidad no es tan difícil descubrir que cuando llenas la cabeza de cosas que pesan y son inútiles ésta sufre. Lo malo es que ahora estoy estreñido, y no se si tengo una broca adecuada para ello

3 comentarios:

Johny dijo...

Cuando he tenido muy taponada la naríz y ni sonando logro quitar la congestión nasal... con el dolor de cabeza que conlleva. A menudo, en esos momentos he pensado en lo del taladro en el cráneo para descongestionar y quitar ese vacío que da la sensación de que se ha creado, ya sabes... aunque creo que esto, no es lo más recomendable.

Anónimo dijo...

Que tal un berbiquí?.
Pudes probar con esto otro, a los bebes les funciona: se trata estimularte con un bastoncito humedecido en aceite: Prueba!, si no te desatasca al menos te la rasca! Ah! y espero que tu dolor desaparezca lo antes posible. Besos mil. A ver cuando hablamos. L.

Chocolat Soul dijo...

Me encanta esta historia medio metaforica medio gore.
A mi tb me entran unos dolores de cabeza bestiales y aunque no se si tendría los santos ovarios de taladrarme el coco, de lo que estoy segura es que elefantes muertos no tengo. Quizás algun orangután a punto de diñarla, pero elefantes no. xD
Great history. ^^ Jiji.